LISBOA

De Lisboa me quedo con su centro histórico. Pasear por esas inclinadísimas y adoquinadas calles, rodeado de paredes desconchadas, y encontrar a cada paso rincones llenos de encanto. Escuchar música de fado y descubrir que procede de una pequeña taberna donde parece haber una reunión de amigos que desgarran el alma cantando.

 

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